El desprecio tiene la forma de una palabra que hiere y desmoraliza

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A pesar de que estemos más acostumbrados a hablar y a leer sobre aspectos relacionados con el odio o la indiferencia, cabe señalar que el desprecio es sin duda la emoción más letal. Es esa arma de destrucción masiva que requiere de algo más de sofisticación. Así, mientras la rabia o la indiferencia pueden ser reacciones puntuales y momentáneas, el desprecio parte de un subterráneo más oscuro.

Quien desprecia tiene la clara intención de humillar al otro.

Busca ridiculizar, empequeñecer e incluso anular a la otra persona de forma abierta y manifiesta. Lo hace buscando la oportunidad perfecta y lo consigue practicándolo a diario hasta dejar una herida en la mente, una fractura en el amor propio y rompiendo para siempre el lazo de la confianza.

Padres, madres, parejas, compañeros de trabajo… El desprecio está a menudo a la orden del día de forma abierta o bien de forma discreta y sibilina. Sea como sea, hay algo que debemos tener claro: el despreciador muestra un comportamiento claramente cobarde que se nutre del resentimiento y la falta absoluta de madurez emocional.

El desprecio cotidiano que rompe relaciones

Todos de algún modo, tenemos en mente el recuerdo de esa situación en la que sentimos la herida del desprecio. Tal vez fue en la infancia, cuando alguien no entendió nuestro esfuerzo al hacer aquel dibujo, aquel detalle que en un momento dado fue criticado y hasta ridiculizado. Puede que alguno de nuestros padres tuviera incluso esa peculiar habilidad, la de menospreciar cada cosa hecha, dicha o deseada.

Aún más, cabe la posibilidad de que hayamos pasado por una relación afectiva donde nuestra pareja tuviera esa costumbre. La de hacer una mueca con la boca cuando comentábamos algo. La de criticar nuestros gustos, la de menospreciar opiniones, la de cosificar cada pequeña cosa que hacíamos o dejábamos de hacer . No es casualidad por ejemplo que John Gottmann, psicólogo y reconocido experto en relaciones de pareja, enunciara después de una investigación de casi cuatro décadas, que el desprecio es sin duda uno de los factores que predice la mayoría de las rupturas.

Veamos no obstante con mayor profundidad qué dimensiones suelen definir el acto del desprecio.

La anatomía del desprecio

El desprecio es el lado opuesto de la empatía.

  • Mientras la empatía es la capacidad de abrirnos al otro y conectar con su realidad y necesidades, el desprecio hace lo contrario. Primero levanta un muro y después se alza sobre él en actitud de poder para denigrar y empequeñecer al otro.
  • Asimismo, los niños que crecen en entornos caracterizados por el desprecio y la humillación, tienen una probabilidad mayor de desarrollar baja autoestima, sentimientos de culpa, vergüenza y trastornos de estrés y ansiedad.
  • Por otro lado, las personas habituadas a despreciar a los demás suelen tener a menudo ciertos puntos en común. Son perfiles que no toleran el desacuerdo y que no conectan ni ven las necesidades de los otros. Además, es característico que no sean muy hábiles comunicando, de ahí que recurran a las muecas faciales, a emitir suspiros, a mostrarnos con su postura y la mirada su profundo desprecio.
  • Detrás de estos perfiles suelen existir ciertas dimensiones psicológicas. Son personas llenas de frustración y hasta de ira soterrada. El ejercicio del desprecio les sirve para proyectar y volcar en los demás sus propias emociones negativas, su insatisfacción

El desprecio y el daño psicológico

El desprecio continuado genera no solo daño psicológico, también impacta en la propia salud. La Universidad de Pennsylvania llevó a cabo un estudio en una serie de centros escolares donde se descubrieron varios hechos. El primero fue sin duda el efecto que tiene esta dimensión sobre la autoestima: todos aquellos alumnos que habían sido víctimas de humillaciones y desprecios tenían una visión de sí mismos más debilitada y negativa.

Asimismo, el desprecio y esas situaciones de estrés y vulneración continuada tienen un serio efecto en nuestras defensas. Es común que suframos más resfriados, más alergias, más problemas digestivos, infecciones, etc. Todo ello hace sin duda que estemos casi obligados a cuidar en nosotros mismos este defecto, esta inclinación que en algún momento podemos dejar caer en otros al despreciar palabras o al ridiculizar acciones ajenas.

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