Para amar no hay que renunciar a lo que somos, solo debemos poner límites.

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Una vez pasado el límite, haciendo de la abnegación nuestra forma de vida, volver no resulta tan sencillo, porque nos encontramos atrapados en la tela de araña de los sentimientos y pensamientos que hemos ido creando junto a los deberes asumidos.

Es cierto que en una relación de pareja se requiere de aceptación y de la renuncia a ciertas cosas, es obvio, ya que para estar en pareja hay una convivencia afectiva y se necesitan negociar muchas cosas. Pero el problema surge cuando esa respuesta de negociación va mucho más allá y excede los límites de lo “razonable”, afectando de manera directa a la valía personal de uno de sus miembros o se fomenta su destrucción.

¿Hasta qué límites debemos a amar?

Cuando el ser para el otro nos impide el ser para nosotros. Ahí es donde comienza el lado oscuro del amor, que no implica que nuestro afecto tenga que disminuir, sino que a partir de ese punto el amor no es suficiente para justificar el vínculo afectivo debido a los costes morales, físicos, psicológicos y sociales.

Importa tu pareja e importas tú, balanceándose el péndulo de un lado para otro.

No se trata de arroparnos bajo un individualismo egocéntrico o exaltar una autonomía rígida y tajante sino incluirnos en la relación salvando nuestro amor propio. El amor a uno mismo, abre más espacio al amor, haciéndolo más maduro y más respetuoso.

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