¿Es posible volver a confiar en tu pareja tras un suceso traumático?

La confianza es uno de los pilares básicos en los que debe asentarse una relación sana de pareja, cuando ésta se pone en entredicho es más fácil perderla que recuperarla. Por eso, la desconfianza en la pareja es una de las principales causas de conflicto y ruptura sentimental. Es cierto que es muy difícil recuperar plenamente la confianza en tu pareja tras una situación complicada emocionalmente pero ¿es imposible?

Es necesario realizar un arduo trabajo tanto a nivel personal como de pareja para lograrlo y es que hay muchas parejas que han sido capaces de superar estos baches, renegociar las condiciones de su relación y aprender a controlar sus celos, inseguridades o la propia desconfianza para no generar una continua inestabilidad emocional dentro de la pareja.

Conseguir la confianza esto no es nada fácil.

El hecho de ser infiel, faltar el respeto o traicionar a la pareja hace creer al otro que algo ha fallado en el sistema que han creado, la inseguridad puede llegar a crecer en su interior, la necesidad de saber por qué lo hizo y el miedo al cambio hacen actuar a la pareja traicionada de forma errática o desesperada aflorando emociones tales como la ira, la tristeza y la ansiedad que terminan de abrir una brecha entre ambos llamada desconfianza. Por lo que, si se da una nueva oportunidad a la relación es necesario reconducir varios aspectos por parte de las dos personas y, sobre todo, proporcionar una nueva perspectiva de la relación.

No todas las personas reaccionan de la misma manera ante un suceso de traición.

Es importante que tras lo ocurrido la persona trabaje ciertos aspectos a nivel personal y relacional. Para recuperar la confianza en una persona, es fundamental que te sientas seguro de ti mismo, ya que, los celos, la envidia o la baja autoestima son factores que aumentan a la desconfianza. Por lo que, en primer lugar deberás valorarte como persona y también dentro de la relación,  qué aportas a tu pareja, cuáles son tus virtudes a potenciar y defectos a mejorar, también reflexiona acerca de lo que te aporta la otra persona.

 Posteriormente, considera si la relación que mantienes con tu pareja es una relación sana o tóxica, piensa en cómo ves a tu pareja, si es para ti una obsesión, un capricho, si quieres estar constantemente con esa persona, o por el contrario, darle espacio y tiempo para cada uno y se valoren mutuamente, ya que ésta última opción es la aconsejable para mantener una relación sana.

El rencor o el recelo es la más difícil de las batallas, no es necesario que conozcas todos los detalles de lo ocurrido pues te harán más daño y serán imágenes mentales o pensamientos distorsionados muy difíciles de erradicar que generarán en ti ira y tristeza, lo cual no ayudará a mejorar la relación, pero sí es interesante que sepas por qué ha ocurrido y sobre todo, que tengas la máxima seguridad de que esto no volverá a suceder, sino es inútil que sigas adelante.

Una nueva oportunidad a la relación, es necesario renegociar las condiciones de la misma, comunicaros sincera y abiertamente.

Exponer tanto aquello que os gusta de la relación como aquello que no e intentar llegar a un acuerdo. Recordar mantener el respeto mutuo y dejar a un lado cualquier reproche, sed racionales y utilizar ejemplos para ver distintos puntos de vista. También es positivo hacer cambios, si viven juntos puedes cambiar algo en la casa (pintar paredes, cambiar la decoración, etc) o también puedes colocar un objeto simbólico que signifique un nuevo comienzo en nuestra relación, de forma que  recuerden que debes esforzarte por cuidar y mejorar nuestra relación, creando nuevos lazos de confianza, amor y seguridad.

El amor no muere… Muere el compromiso

El amor cuando es verdadero, no muere, pero sí puede transformarse, y dependerá siempre de cómo canalicemos los sentimientos y la energía. Cuando nos enfocamos en relaciones amorosas, podemos notar cómo cuando llegan a un final, generalmente es porque el compromiso ha muerto antes de que el amor llegase a transformarse.

Hacia donde dirijamos nuestras energías, hacia ese sitio irán nuestros sentimientos. Evidentemente si estamos en una relación amorosa, y decidimos pensar en una tercera persona, ocupar nuestra mente, idealizar, visualizar, invertir tiempo y recursos en alguien más, lo lógico es que nuestra pareja resulte desplazada y lo que sentíamos por ella, cambie.

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Lo que se ha roto es el compromiso, no se trata de algo forzado, sino ese que nace del corazón, el deseo, la voluntad de ocupar nuestra mente, nuestro cuerpo y nuestro corazón con alguien en particular.

Cuando nos sentimos comprometidos (no obligados), con una relación, con una persona, todo fluye de manera natural, todo funciona en congruencia entre los pensamientos, las palabras, las acciones, todo suma al fortalecimiento de una relación, todo agrega valor.

Inclusive al momento de afrontar un conflicto, es el compromiso que se tiene, el que nos hace aprender a dominar los impulsos, a pensar en un mañana, a hablar desde la construcción y evitar de esta manera palabras hirientes, acciones que no tengan vuelta a atrás o generar brechas entre ambas personas que no puedan nunca más rellenarse.

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Hacer las cosas desde el amor, es lo único que nos permite crecer sin heridas, que nos permite solventar los problemas, sin arrasar al paso, que nos permite apostar por un futuro juntos y entender que cada quien está haciendo lo mejor que esté a su alcance, considerando una serie de factores que influyen en lo que define a cada quien, para que las cosas tengan los mejores resultados.

Entendamos que todos somos personas muy distintas, con metas, crianzas, creencias, influencias, etc, diferentes y el acoplarse a otra persona es todo un reto, cargado de momentos muy demandantes a nivel emocional, donde el crecimiento será inevitable y cada uno tendrá que llevar consigo la mayor disposición para que sea viable un engranaje que funcione y una proyección a futuro.

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Mantener un compromiso a pesar de tener una alto contenido emocional, puede corresponder a un proceso racional, lo cual permite tener un control un tanto mayor de lo que hacemos, buscando objetivamente lo mejor para nosotros… En paralelo debemos mantenernos siempre atentos a esa voz interior que nos hablará cuando lo necesitemos, especialmente en esos momentos en los cuales la duda se apodera de nosotros.

No le temamos al compromiso, él no corresponde a una cadena o a una cárcel, es un proceso voluntario, que comienza por preferir un estado, y desde allí las cosas más especiales suceden.

Perdonar no es sinónimo de regresar

¡Cuán inspiradas se tornan esas canciones que casi de rodillas piden perdón por un error que causó una gran herida a un ser que supuestamente se amaba!

Nos prometen mil y un cambios, nos dan muchas justificaciones, nos juran reparar el daño… Pero ya nada es igual, no podemos rebobinar nuestro corazón y borrar aquel episodio de dolor y decepción. Dicen que si no regresas con aquel que te lastimó, entonces es porque no has perdonado, porque aún guardas rencor y por ello no quieres volver al mismo paisaje.

Pero ¿a quién se le ocurre que perdonar es sinónimo de sacar un bisturí y volver a poner las cosas donde estaban antes de la herida daño y seguir adorando a quien fue nuestro verdugo? Perdonar no es sinónimo de regresar, el perdonar lejos de las tele novelescas historias que afirman en el inconsciente colectivo esa creencia de que tras los peores atropellos llega la felicidad, no involucra acabar con nuestra dignidad y autoestima, el perdonar significa un desapego del pasado y sus dificultades, un reconocimiento al camino que tenemos enfrente en lugar de revolcarnos en nuestras tristezas.

Perdonar es un acto de altruismo, pero no siempre viene acompañado de reincidencia. Nuestras ex-parejas pueden llegar a creer que si no regresamos con ellas es simplemente porque queremos humillarles, porque antes de regresar con ellos queremos que nos rueguen y nos imploren por amor. Pero la verdad es que nosotras sabemos qué es lo que significa humillarse por un traguito de amor, nosotras sabemos la tristeza que se siente ver el cómo las personas que amamos se alejan de nuestra alma sin remedio alguno, razón por la cual no le deseamos el mismo mal ni siquiera a quien nos hizo sufrir.

Quienes nos tuvieron un día a su lado compartiendo el azul del cielo, deben saber que nosotras les agradecemos por los aprendizajes que con sonrisas o lágrimas obtuvimos de ellos, que gracias a su presencia le encontramos un nuevo sentido a nuestras vidas, que sabemos que se han arrepentido por las heridas que nos ocasionaron, pero que también sabemos que no les podremos volver a mirar con los mismos ojos, no porque les tengamos algún resentimiento, sino porque nuestros sentimientos han cambiado y nos hemos dado cuenta de que ninguno de los dos hubiese sido feliz en una relación que adolecía de correspondencia.

Nosotras deseamos ser felices a plenitud y quien nos hirió ya no está en nuestros planes, no por obstinación sino por sensatez.

 Aceptamos que como seres humanas tenemos debilidades y que no en todas las oportunidades tenemos plena conciencia de las consecuencias que nuestros actos pueden traer, pero a pesar del arrepentimiento, nuestro corazón ya se partió en incontables pedacitos y debemos lidiar con ello. La constancia a veces no es una virtud, por ello debemos ser muy claras con nuestras ex-parejas y decirles:

Quien hace daño, no puede esperar que su existencia se encuentre llena de bellos parajes, porque a pesar de que la justicia a veces tarde en llegar, algún día lo hará y a cada quien le entregará lo que ha forjado, tú solo debes dedicarte a tejer los sentimientos que un día se rompieron.

Por qué aveces nos aferramos al pasado?

En el pasado siempre encontramos los mejores momentos, las mejores oportunidades (algunas que perdimos), mejores relaciones, hombres, amistades… ¡Ay, cómo deseamos poder volver atrás!

Pero el recuerdo del pasado que constantemente rememoramos y añoramos no es real, nunca existió tal como lo recordamos. Es una reconstrucción selectiva (consciente o inconsciente) de detalles del pasado, de las cosas buenas que vivimos. Y ese pasado semi-imaginario, idealizado en nuestras mentes con el paso del tiempo, es el que añoramos, y más cuando no somos felices. Has avanzado en la vida, ya no tienes la misma vida de antes, los años han pasado, alcanzaste metas y otras quedaron atrás… ahora tienes nuevos sueños, nuevas esperanzas, una vida diferente a la del ayer.

Pero si no eres feliz con lo que tienes, con quien eres, o con lo que estás viviendo, todo lo que te rodea te molestará. Si ya no soportas la vida que tienes, al hombre que un día llenó tu vida y que hoy sólo te la vacía, entonces es muy común acabar añorando el pasado. Añoramos el pasado cuando las cosas nos van mal. Nos ponemos a recordar esos años maravillosos que tan diferentes son a los de ahora, los amores del ayer… Pero, ¿no se te olvida algo?

 En qué pensar si extrañas el pasado:

  • Si lo que añoras es un hombre que ya no está contigo… Seguramente se amaron mucho, pero la relación no resultó, no salió bien. Te ha costado salir del agujero negro que la ruptura supuso, recuperarte de todo lo que supuso en su momento el motivo de que la relación no funcionase… Piensa en eso: que no resultó. Cuando has querido tanto en la vida, cuesta desprenderse de las cosas pasadas, quizás nunca las olvides pero sí puedes dejar de idealizarlas y tratar de ver lo que tienes hoy frente a ti. .
  • Si lo que añoras son tiempos mejores con tu hombre… A veces no necesariamente hace falta que nuestra pareja se marchase de nuestro lado para que añoremos el pasado… ¡añoramos cuando la relación funcionaba mejor! Entonces, ¿por qué no hacer un esfuerzo y volver a enamorarte de él? Si pese a todo lo malo ahora estás con él, es que en algún momento te sentiste a gusto y ha merecido la pena. Aún hay cosas rescatables en la relación, el potencial obviamente está ahí, tú lo viste, lo viviste, lo tuviste, sólo hay que sacarlo de nuevo. Piensa en lo que te enamoró de él, míralo del lado positivo, vuelve a pensar qué es lo que te gustaba tanto de él, qué te llevó a querer estar con esa persona, a formar un hogar, a entregarte de nuevo al amor…

El pasado debe permanecer en el pasado

 Nadie puede vivir añorando el ayer, mucho menos si ha sido un triste recuerdo. Es comprensible que todo lo que hagas hoy te traiga recuerdos, es normal que hasta llores al recordar; pero ya pasó, esa persona ya tiene otra vida, tiene a quien dar amor y cariño; y si no eres tú, es otra. Trata de pensar de esa manera, el ayer no puede volver, lo que hicimos mal ya no se puede deshacer, hay que volver a intentar y hacer las cosas mejores en el día de hoy para que tengamos un buen equilibrio en la vida.

La obsesión ahoga, aprieta y asfixia, siendo su principal arma el control y la falta de libertad.

Ser obsesivo en una relación de pareja significa ir más allá del amor y construir un muro que envuelve a la relación sin dejar margen de maniobra. La exclusividad que se establece es tan rígida que finalmente acaba originando sentimientos de desconfianza y alerta en la relación. A ver qué va hacer la pareja, cómo y cuándo, con quién va a estar y decidir sobre ello.

Cuando la obsesión aparece en una relación normalmente tiene que ver con una baja autoestima. 

Algo le falta a la persona que lo experimenta. Es como si una sensación de vacío le invadiera y se llenase con la otra persona. Mientras que quien siente amor no se llena con el otro sino que se complementa.

El amor ofrece aceptación, libertad y respeto.

 Da alas al otro en lugar de apresarlo con cadenas. Y aun estableciéndose un compromiso, no aparece la exclusividad como norma sino que se valora la honestidad y el bienestar de ambos miembros de la pareja. El amor obsesivo llega a su fin cuando la persona que lo sufre es consciente de su comportamiento y decide acabar con él.

Aflojar las cadenas con las que hemos apresado la relación para poco a poco convertirlas en alas.

Es conveniente reflexionar sobre el para qué de esa obsesión. A menudo, si lo hacemos bien, encontraremos que la obsesión procede de un sentimiento de inseguridad por el temor a perder al otro o a quedarse solo principalmente. Cuando se haya detectado, el siguiente paso será responsabilizarse de esas necesidades y gestionar las emociones resultantes de ellas con el objetivo de evitar que interfieran en la relación.

Ponerse en el lugar del otro también ayuda.

Es muy importante entender que el amor no es vinculante y que la posesión y el control lo anula por completo. Amar es aceptar, elegir y respetar, en definitiva, confiar. Confiar en uno mismo es el impulso para hacer crecer la autoestimay de este modo, eliminar todas esas inseguridades y dudas en relación a la otra persona. Si está con nosotros es por elección no por obligación, por lo tanto, se presenten dificultades a la hora de poner límites a la obsesión lo recomendable es acudir a un profesional especializado.

El trabajo con él ayudará a encontrar una solución y a aprender diferentes tipos de estrategias para hacer frente a la situación. Amar sanamente implica estar comprometidos por el crecimiento como motor de la relación de pareja. Lejos de miedos y ataduras. De manera que el objetivo de la relación no es ser felices, sino ser conscientes y evolucionar.

El amor es la práctica de la aceptación y la libertad es un sentimiento intenso y sincero que nos ayuda a mejorar y que tiene como base el amor propio, porque si no nos amamos a nosotros mismos, difícilmente sabremos amar bien a los demás.

 

 

Señales que demuestran que eres una persona resiliente

Una persona resiliente es aquella que tiene la capacidad de enfrentar situaciones adversas con el mayor equilibrio emocional posible. Evidentemente solo quienes han estado sometidos a eventos que ameritan descubrir sus capacidades, de cara a situaciones altamente demandantes, son los que podrán realizar una evaluación de sus reacciones y sus características.

Las personas que presentan mayor dominio ante situaciones extremas, que se consideran un reto a nivel emocional, nos muestran señales que nos permiten manejar un perfil común que representa a las personas resilientes:

Confían en sus capacidades: Saben que poseen muchos recursos de los que pueden hacer uso, no tienen miedo de aprender algo nuevo y necesario.

Son pacientes: Pueden esperar con la mejor actitud y saben distinguir cuándo es necesario hacer una pausa o dedicarse a algo más mientras un resultado llega

Son optimistas: Miran con una sonrisa su proyección a futuro, siempre creen que lo mejor está por venir.

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Aprenden de sus errores: No se castigan por aquello que no hicieron de una manera particular, reconocen y aprenden de sus errores, encontrando en ellos una oportunidad para mejorar.

Son creativas: Son capaces de ver soluciones donde nadie más lo haría, de ver oportunidades en momentos de crisis, de cultivar talentos ocultos a los cuales pueden sacarle un gran provecho.

Buscan cambiar sus enfoques: Saben que lo primero que deben cambiar ante algo que no les agrade es su atención y su enfoque, de esta manera comienzan a manifestar cambios rápidamente.

Saben pedir apoyo en quienes les rodean: Son capaces de pedir ayuda, de mostrarse vulnerables de ser necesario y reciben sin orgullo la colaboración que otros puedan prestarles.

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Son flexibles: Se adaptan como el bambú, saben que la rigidez los coloca en riesgo de quiebre y que la flexibilidad los hace mucho más resistentes, especialmente en tiempos de tormentas.

Son personas con propósitos: Una persona con propósitos, con sueños, con objetivos claros, no se derrumba con facilidad, está enfocada en los pasos que la llevarán a donde quieren y cualquier cosa que se atraviese no resulta un obstáculo.

Como vemos una persona resiliente tiene muy buena capacidad de adaptación, sin embargo, esto no la convierte en una persona conformista, por el contrario, al confiar en sí misma, en los procesos de la vida, a entender que cada obstáculo es una oportunidad para superarse, tiene la capacidad de reinventarse en medio de una situación adversa y sacar el mayor provecho de ella.

Las personas resilientes asumen los momentos difíciles como lo que son, no manifiestan que tienen una vida dura, entienden la transitoriedad de todo y a través de su visión optimista del mundo aprovechan cada experiencia para conocerse y dar de ellas lo mejor que tienen.

La resiliencia se desarrolla a lo largo de la vida, todos en mayor o menor medida, vamos adquiriendo destrezas que nos facilitan el tránsito por trayectos complicados y mientras más confiemos en nosotros mismos y en que el universo está a nuestro favor, con mayor entusiasmo, fuerzas y fe avanzaremos en nuestro camino.

4 razones que te impiden decir adiós

La mayoría de los escenarios que nos generan sufrimiento o incomodidad, son aquellos en los cuales hemos decidido alargar una historia que debía ser concluida con anterioridad. Muchas veces nos cuesta cerrar ciclos, nos cuesta reconocer que un capítulo de nuestras ha llegado a su final y extendemos en tiempo experiencias que nos afectan de forma negativa o bien de aquellas donde ya hemos aprendido o vivido lo necesario.

A medida que maduramos, nos damos cuenta que nuestra vida y nuestro tiempo son valiosos, que de la inversión de ellos dependerá nuestra felicidad y que podemos hacer frente a todo lo que trae consigo la vivencia de la despedida para preservar nuestro bienestar y asegurarnos de que estamos dando un buen uso de nuestros recursos con el fin de sentirnos bien.

Las despedidas son los actos que encierran decir adiós no solo a una persona, sino a un trabajo, a un sentimiento, a un pensamiento, a un lugar, etc… Aplica para absolutamente todo y así como es de amplia su aplicación, lo son las excusas que nos damos para no dar ese paso.

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Causas comunes que nos mantienen atados a una persona o situación

Miedo a lo desconocido:

Cuando nos encontramos en nuestra zona de confort, nos parece arriesgado y muchas veces paralizante dar un paso que nos mueva nuestra estabilidad, que nos empuje a lo desconocido, que nos obligue a conocer a alguien más, muchas veces quien es atacado por este miedo no suele despedirse antes de haber saludado a lo que será su nueva experiencia.

Costumbre:

Cuando convivimos o interactuamos con algo, solemos acostumbrarnos a una dinámica, a una rutina, a un patrón establecido que nos llena de alguna forma de seguridad, adicional a que nada en su totalidad es bueno o malo, y las cosas positivas a las que nos acostumbramos o la posibilidad de no poderlas tener en un futuro, nos hace generar un apego que se traduce en dificultad para soltar y despedirse.

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Dejarse afectar por la opinión de otros:

Cuantos “sabios” con sus mejores intenciones no se nos cruzan en nuestro camino para aconsejarnos u opinar en relación a lo que es mejor para nosotros. Siempre es bueno tener una palabra amiga que nos ayude a ver otra perspectiva, sin embargo no debemos permitir que nuestras decisiones se vean influenciadas en un alto porcentaje por la opinión de otros.

Poca confianza en nosotros mismos:

Cuando no tenemos la suficiente confianza en nosotros como para evaluar con claridad una situación, tomar una decisión que implique separación nos costará muchísimo. En el fondo siempre sabemos qué es lo mejor para nosotros, simplemente no podemos escucharlo por todos los miedos e inseguridades que ponemos en medio. Cuando el velo cae, podemos conectarnos a nosotros mismos y ser capaces de cerrar los ciclos necesarios de la mejor manera.

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Definitivamente aprendemos a despedirnos de corazón, sin orgullo de por medio, cuando maduramos, cuando crecemos, cuando valoramos… en especial nuestra existencia.

Cuando eres infiel, debes estar preparado para perder a quien te ama

Muchas veces, por no decir la mayoría de ellas, las personas que cometen algún tipo de acto de infidelidad, no miden las consecuencias de lo que están haciendo, tomando a la ligera que una de ellas es la pérdida de la pareja.

Son muchos los motivos que llevan a una persona a ser infiel, que van desde inmadurez, hasta venganza. Evidentemente las consecuencias serán aceptadas con mayor o menos comodidad, dependiendo del camino que tomen y los sentimientos que predominen en la relación.

No podemos generalizar y asegurar que todo el que es infiel no ame su pareja, pero sí podemos afirmar que ha tenido una manera de comportarse que no le hace bien a ninguna relación. Si hablamos de una relación de pareja convencional, perteneciente a la cultura occidental, entenderemos que la infidelidad es una manera inadecuada e irrespetuosa de comportarse no solo con la pareja, sino con nosotros mismos e inclusive con la tercera persona, tenga claro o no su rol en relación a una pareja preestablecida.

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No todos los infieles son iguales, aunque tienen un patrón en el cual encajan. Algunos han sido puntualmente infieles sin intención de repetirlo, otros no pierden oportunidad de reafirmarse ante el género opuesto y ante sí mismos, tocando cada puerta y atravesando cualquiera que no esté del todo cerrada, otros que tienen vidas paralelas, pero en cualquier caso su infidelidad siempre estará en riesgo de ser descubierta.

A veces juran que tienen todo bajo control y de ninguna manera se filtrará información que perjudique su relación, pero cuando hay al menos una persona más involucrada, hay mucha posibilidad de que los engaños salgan a la luz. Sin contar con la intuición, con la percepción o los errores que se pueden cometer.

En caso de mostrarse una infidelidad en el tapete, la confianza se hace trizas, las emociones y sentimientos que prevalecen son la tristeza, la rabia, la necesidad de venganza, la decepción, el vacío, el desamor… y evidentemente nunca sobra la necesidad de separación, importar que aun hayan sentimientos positivos en la relación, la persona que decide terminar se siente incapaz de perdonar o bien de seguir vinculada a quien le ha traicionado.

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Cuando se produce la ruptura, en la mayoría de los casos se evidencia la poca consciencia por parte de quien es infiel, en relación a perder a quien le ama y que en la mayoría de los casos asegura amar, argumentando inclusive que su intención nunca fue abandonar la relación, que se ha equivocado y que de tener la oportunidad de retomar o hacer las cosas de una manera diferente, la valorará de manera especial.

Los resultados son muy variables, pero evidentemente llama la atención cómo quien traiciona, engaña y hasta humilla a quien le ama, no considere que sus acciones serán motivos suficiente para apartarse… y sencillamente se justifica con el hecho de que nunca serán descubiertos, pero como dicen por allí, los engaños y las mentiras tienen piernas cortas.

El mito del ave Fénix o el maravilloso poder de la resiliencia

Carl Gustav Jung nos explicó en su libro “Símbolos de transformación” que el ser humano y el ave Fénix tienen muchas similitudes. Esa emblemática criatura de fuego capaz de elevarse majestuosamente desde las cenizas de su propia destrucción, simboliza también el poder de la resiliencia, esa capacidad inigualable donde renovarnos en seres mucho más fuertes, valientes y luminosos.

Si hay un mito que ha nutrido prácticamente todas las doctrinas, culturas y raíces legendarias de nuestros países es sin duda ese que hace referencia al ave Fénix. Se decía de él que sus lágrimas eran curativas, que tenía una gran resistencia física, control sobre el fuego y una sabiduría infinita. Era, en esencia, uno de los arquetipos más poderosos para Jung, porque en su fuego se contenía tanto la creación como la destrucción, la vida y la muerte…

Asimismo, es interesante saber que encontramos tempranas referencias a su mitología tanto en la poesía árabe, como en la cultura grecorromana e incluso en gran parte del legado histórico de oriente. En China, por ejemplo, el Fénix o el Feng Huang simboliza no solo la más alta virtud, el poder o la prosperidad, sino que además, también representa el yin y el yang, esa dualidad que conforma todo lo existente en el universo.

No obstante, y esto vale la pena recordarlo, es en el Antiguo Egipto donde aparecen los primeros testimonios culturales y religiosos alrededor de esta figura y donde a su vez, se da forma a esa imagen que tenemos en la actualidad sobre la resiliencia. Cada detalle, matiz y símbolo que perfila este mito nos ofrece sin duda un buen ejercicio sobre el que reflexionar.

El ave Fénix o el poder de renacer de nuestras cenizas

Viktor Frankl, neuropsiquiatra y fundador de la logoterapia, sobrevivió a la tortura de los campos de concentración. Tal y como él mismo explicó en muchos de sus libros, una experiencia traumática siempre es negativa, sin embargo, lo que suceda a partir de ella depende de cada persona. En nuestra mano está alzarnos de nuevo, cobrar vida una vez más a partir de nuestras cenizas en un triunfo sin igual o por el contrario, limitarnos a vegetar, a derrumbarnos…

Esta capacidad admirable por renovarnos, por recobrar el aliento, las ganas y las fortalezas a partir de nuestras miserias y cristales rotos pasa primero por una fase realmente oscura que muchos habrán vivido sin duda en piel propia: hablamos de la “muerte”. Cuando atravesamos un momento traumático todos “morimos un poco”, todos dejamos ir una parte de nosotros mismos que ya no volverá, que ya nunca será igual.

Así, y de entre todas los mitos alrededor de esta figura, es la Egipcia la que nos ofrece como decíamos esos puntos clave en los que debemos detenerlos para entender mejor la relación del Fénix con la resiliencia. Veámoslos a continuación.

Ave Fénix en el antiguo egipto

El ave Fénix en Egipto

Ovidio explicaba en sus textos que en Egipto, el ave Fénix moría y renacía una vez cada 500 años. Para los egipcios esta garza majestuosa era Bennu, un ave asociada a las crecidas del Nilo, al Sol y a la muerte, y que según explicaban, había nacido bajo el árbol del Bien y del Mal. Esta criatura fantástica entendía que era necesario renovarse cada cierto tiempo para adquirir mayor sabiduría y para ello, seguía un proceso muy meticuloso.

Volaba por todo Egipto para construirse un nido con los elementos más bellos: ramas de canela, ramas de roble, nardos y mirra. Después, acomodado en su nido, entonaba una de las melodías más bellas que los egipcios habían escuchado jamás para seguidamente, dejar que las llamas lo consumieran por completo. Tres días más tarde, el ave Fénix renacía lleno de fuerza y poder. A continuación, cogía su nido y lo dejaba en Heliópolis, en el templo del Sol para iniciar así un nuevo ciclo con el que ofrecer inspiración al pueblo de Egipto.

La resiliencia y nuestro “nido” de transformación

Tal y como vemos podido ver, el mito egipcio del ave Fénix es una historia bellísima. Sin embargo, analicemos ahora alguno de sus detalles. Detengámonos por ejemplo en cómo construye el Fénix su nido. Busca las materias más ricas de su tierra, esas que combinan a la vez delicadeza y fortaleza, y que le ayudarán en su transformación, en su ascensión.

Si lo pensamos bien, este proceso es muy similar al que conforma la dimensión psicológica de la resiliencia. Porque también nosotros buscamos esos elementos mágicos con los cuales construir un nido bien resistente donde aunar fortalezas.

Todos esos componentes le ayudarán en su ascenso pero no sin antes ser consciente de un aspecto: que habrá un final, que una parte de nosotros mismos se irá también, se convertirá en cenizas, en los restos de un pasado que nunca más volverá.

No obstante, esas cenizas no se las llevará el viento, al contrario. Formarán parte de nosotros mismos para dar forma a un ser que renace del fuego mucho más fuerte, más grande, más sabio… Alguien que tal vez sirva de inspiración a los demás pero que, ante todo, nos permitirá seguir adelante con el rostro bien alto y las alas bien abiertas.

Quién no cree en el amor, está parada en el miedo.

Cuando las experiencias en el terreno amoroso no han sido satisfactorias y hemos “sufrido” los avatares del ser amado, vamos creando una costra en nuestra alma y tejemos pensamientos negativos respecto del amor. Hay mujeres que creen en el amor como una posibilidad de vida, otras que lo rechazan.

Se dice que los seres humanos sólo tenemos dos emociones, miedo y amor; claro, luego existen infinidad de sinónimos para referirnos a lo mismo. Los  psicólogos establecen que podemos pararnos en el umbral del Amor o del Miedo, que podemos oscilar de un punto al otro; pero que definitivamente no podemos estar en los dos al mismo tiempo.

Quién no cree en el amor, no cree porque no tiene experiencias positivas.

Cuando digo positivo quiero decir que no tiene la sensación de ganancia, de no lograr vincular algún episodio de su vida con un extra,  o valor agregado que el amor supiera darle. Será que en sus primeros años no lo recibió de sus padres; su contexto familiar ha sido frío y distante; o en la adolescencia /adultez ha vivido traumáticas relaciones.

De una u otra forma es un lugar de “cuidado y protección,” el miedo se instala en la mente para “defendernos” de algo que puede ocurrir. Si vivimos viendo una relación con abusos físicos y mentales; y nuestros padres o madres nos enseñaron que eso era amor, lo repetiremos en nuestras relaciones; porque hemos sido amamantadas con esas creencias. Salir de ellas implica una gran fuerza interior.

El amor es una energía sublime, que respeta, que crea, que genera, y multiplica.

La mente puede llevarnos a pensar que ya no cree en el amor, y aunque para algunas personas no es molesto vivir solas, muchas otras no pueden vivir sin la compañía del sexo opuesto, porque está arraigado en si mismos que el ser humano no nació para vivir en soledad toda la vida. Una o varias desilusiones en el amor pueden hacernos pensar que “todos son iguales”, que no hay nadie que ame de verdad o que nunca el amor te será correspondido cómo debiera serlo.

Crees que el amor verdadero no existe… Pero el hecho que lo digas o lo pienses no significa que sea verdad, búscalo en ti, en tu familia, en tu entorno y en todas esas cosas maravillosas que puedes disfrutar a diario. No cierres tu corazón al amor, si antes no te ha ido bien, analiza que es lo que estás haciendo mal o cuan precipitadamente estás tomando una decisión.