Educar emociones, es educar desde la alegría y no desde el miedo.

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La emoción positiva de la alegría es el contexto necesario en el que se da el aprendizaje. El miedo focaliza la atención en aquello que produce miedo, no deja atender a nada más que al peligro, y se hace cualquier cosa para librarse del peligro: toda la energía de la persona y toda su intencionalidad está concentrada en ello.

En un contexto educativo el miedo lo produce el castigo. Y el sistema se balancea emocionalmente hacia el miedo cuando la disciplina se establece como elemento prioritario del sistema. La disciplina es imposición de límites, esto implica que la autoridad la posee el profesor o quien imponga la norma.

Como reacción al enfado en la otra persona de la relación, siempre estamos en relación, aparece el miedo. 

El respeto es necesario, porque marca los límites más allá de los cuales no nos compete, por eso es importante, pero a la vez marca el límite. Estas emociones están presentes en el contexto educativo, sin embargo no favorecen el aprendizaje. Son contrarias a la ilusión y a la curiosidad, que son necesarias para que una persona aprenda. Para aprender es imprescindible que exista el contexto emocional de la alegría que es donde se produce la ilusión, la curiosidad, la libertad y la motivación necesarias para aprender de un modo significativo.

Sin alegría, y la situación emocional y corporal de apertura que produce, no es posible aprender, no es posible lograr la apertura personal necesaria para aprender. Al hablar de alegría me estoy refiriendo también a toda la familia de esta emoción básica, como son el entusiasmo, la ilusión, la esperanza, la felicidad, etc. Incluso la alegría es necesaria para abrirse y establecer buenas relaciones personales, algo básico en el contexto escolar.

Se aprende en la alegría, alegría que se crea en la seguridad de un vínculo de aceptación.

Está demostrado que los alumnos sólo aprenden realmente si es de forma significativa, es decir, si lo vive, disfruta o experimenta, sintiendo una emoción tan intensa que no quiere que se acabe nunca. Así, lo aprendido permanece en la memoria a largo plazo. La familia es la primera escuela de emociones desde que nacen, y es necesario que el docente, el modelo a seguir que tienen en la escuela, mire también con ojos de niño y sienta esa pasión, ilusión y sobre todo amor por lo que hace y enseña porque el corazón es el verdadero maestro de la educación.

A los padres hay que hacerles partícipes, por otro lado, de esa educación emocional. Enseñar o educar con amor; tan profunda y significativa que los marca como personas en la forma de ser y estar en el mundo en un futuro. De ahí, que siempre que se educa desde el corazón y con vocación tenga tanto éxito en la educación, y aunque el corazón y la razón tengan que ir de la mano.

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