Hay muchos corazones amargos que no han purgado penas.

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Hay relaciones que acontecen en la edad madura, permitiéndonos descubrir a personas mágicas e inesperadas en cuyos abrazos nos gusta refugiarnos, porque huelen a hogar y sus besos saben a azúcar y fuego a la vez. Porque el amor maduro no entiende de edad, es digno y vital.

Muchos de estos casos en que se consolidan relaciones tan significativas en la edad madura, es que alguno de los miembros tenía la clara seguridad de que en su caso, las puertas del amor se habían cerrado para siempre. En ocasiones, almacenamos fracasos sentimentales tan desoladores que tenemos la sensación de que nuestro corazón, convertido ya en piedra, ha caído en lo más hondo de un pozo.

 La madurez personal no la trae los años ni tampoco los daños.

Cuando uno llega a esa edad en que las décadas han trazado en nosotros más historias de las que podríamos contar, nos vemos en ocasiones como esas frutas maduras ligeramente magulladas por los bordes. Ahora bien, no hay que olvidar nunca que las frutas maduras tiene un sabor mucho más dulce y placentero, que esas otras demasiados verdes, demasiado prieto y ligeramente amargo.

Nuestras vivencias no son un lastre. Al contrario, nadie debería ser el resultado de sus decepciones, de sus fracasos o aún menos de las heridas que otros le infringieron. Somos nuestra actitud ante todo lo experimentado, nunca un mero resultado.

Ninguno de los dos miembros renuncia a sus pasados, simplemente se aceptan.

Amar es un arte porque requiere esfuerzo, es como dar forma a una escultura o a un lienzo donde cada pincelada es esencial para conferir perspectiva, cuerpo y belleza a esa obra. El amor maduro, ese que acontece cuando ya hemos dejado la juventud, es muy capaz de trazar cada movimiento con sutil perfección porque es un buen artesano de las emociones. Porque ya no necesita demostrar nada y sabe muy bien lo que quiere.

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