La carencia afectiva genera hambre emocional e imprime un sentimiento de ausencia y de vacío.

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El afecto, así como los vínculos basados en un apego seguro y saludable imprimen en nuestra mente un equilibrio casi perfecto. Cualquier carencia, cualquier vacío  emocional despierta al instante nuestras alarmas instintivas.

La carencia afectiva es una forma de involución y genera déficits si aparece sobre todo en edades tempranas. Este vacío emocional también deja “lesiones” en la madurez, cuando construimos relaciones de pareja habitadas por la frialdad afectiva, la desatención o el desinterés.

La carencia afectiva deja secuelas muy profundas.

 Una herida psicológica que no puede traducirse en palabras, pero que queda impresa de por vida en la conciencia. Es también esa nostalgia devoradora de quien no recibe el refuerzo afectivo de la pareja y poco a poco se marchita hasta llegar una la conclusión: a menudo es preferible la soledad a ese vacío emocional.

Pensemos que el afecto nunca sobra, que las caricias emocionales nos humanizan, nos hacen crecer, nos fortalecen.Seamos por tanto valientes suministradores de esta energía que crece cuando se comparte.

La falta de afecto y el maltrato emocional.

La influencia, el moldeado de los padres, se hace a través de gestos, caricias, cercanía, miradas y palabras que los niños interiorizan mientras van creciendo. Estas acciones constituyen su columna vertebral, su esqueleto, es lo que les da consistencia y les permite mantenerse en pie. Es también lo que alimenta su cerebro y todo su sistema nervioso.

Algunos padres detestan a sus hijos o sencillamente detestan ser padres. Otros quieren a sus hijos pero tienen comportamientos dañinos de manera frecuente. Se puede tratar mal sin querer hacerlo. Se puede saber que no se está tratando bien al hijo, querer remediarlo y no ser capaz de encontrar la manera porque realmente no se sabe cómo hacerlo. Aprender a ser buena madre o buen padre es fundamental.

Una mala respuesta aislada no es relevante, no se graba en la conciencia.

El reproche habitual, la burla y el insulto son muy dañinos porque los interiorizan y llegan a creer que son tontos, torpes, malos o molestos. Esto tendrá una gran repercusión en su autoestima con el paso del tiempo. Creerán que todo el mundo va a reaccionar como sus padres, que se van a reír de ellos o los van a insultar si se equivocan. Es posible que aprendan también a relacionarse así con los demás y repitan el mismo comportamiento.

La trampa del auto descalificación.

Muchas personas durante su vida que cuando ellas mismas se descalificaban recibían apoyo por parte de las personas que le acompañaban, los cuales minimizaban sus autocríticas y realzaban sus aspectos positivos. Al final, se puede llegar a automatizar esta conducta y recurrir por inercia a este recurso. En los casos más graves la auto descalificación llega hasta la autolesión e intentos de suicidios como llamadas de atención, porque cuanto más utiliza la persona este recurso más vulnerable se hace.

Cultivar las relaciones con los demás es una excelente forma de conocerse mejor y conectar con el mundo. Somos seres sociales, y si se nos priva o nos privamos de este aspecto fundamental del ser humano estamos preparando el terreno para que aparezca la sensación de vacío.

Crear un proyecto vital, con objetivos hacia los que dirigirte y elegir de qué forma quieres conseguirlos puede ayudar a que la persona construya el propósito o el sentido de su existencia.

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