No permitas que tus heridas te transformen en algo que no eres.

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Las heridas emocionales no se comportan de forma muy diferente a las físicas, si empezamos a curar de adentro hacia afuera probablemente no vuelvan a doler, pero si solo cerramos la capa superficial sin haber cerrado las capas internas o bien no limpiamos las heridas antes de intentar cerrarlas, presentamos un alto riesgo de complicaciones.

Reconocer las heridas y sus causas.

Es muy cierto que el pasado ya no vuelve, sin embargo, podemos ir acumulando dolor a lo largo del tiempo y es necesario hacer una pausa para revisar, limpiar y continuar. Ubiquemos nuestras heridas, dándole las dimensiones y pensemos que tienen, ubiquemos a los responsables en nuestra mente y definamos qué es lo que hemos hecho para curarnos de ellas.

Mientras más nos resistimos a algo, mientras más vueltas le demos en nuestra mente, más probable será que no podamos curar una herida. Aceptando, concretizando la idea de que lo que ocurrió no se puede cambiar, que las cosas fueron como fueron y ya no hay nada que podamos cambiar o hacer diferente, podemos tomar una actitud diferente a lo que nos ocurrió.

Liberar espacio ocupado por temores, dolores, pesares y cualquier otro sentimiento.

La emoción negativa puede fácilmente abrir espacio a sentimientos enriquecedores, aquellos resultantes de darnos nuevas oportunidades, es cierto que en “nuestro corazón” hay espacio para todo, amor ilimitado, pero la realidad es que mientras que cierto espacio esté ocupado por sentimientos negativos, estos crean una especie de campo que repele a otro tipo de sentimientos. Soltar de corazón, sinceramente, nos permite pensar en positivo y cuando lo hacemos, nuestras emociones también se vuelven positivas.

Haciendo uso de estos recursos podremos atender nuestras heridas desde lo más profundo de nuestro ser, curando realmente y no escondiéndolas, permitiéndonos, independientemente del tiempo que llevamos con ellas, sanar y abrirnos paso a vivir sin las ataduras del dolor, sin arrastrar un pasado que además de hacernos sufrir en su momento, sigue haciéndose sentir a lo largo de nuestras vidas, muchas veces estropeando nuestro presente y restando nuestras posibilidades de ser felices.

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