Reconoce tus emociones, y no permitas que el hambre domine tu mente.

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Las personas que se encaminan hacia la nevera, intentan sentir el consuelo emocional que necesitan mediante la comida. Comer emocionalmente es el uso de los alimentos como forma de afrontar las emociones en lugar de como forma de calmar el hambre.

En definitiva el peso está ligado a la emociones, ya que estás pueden alterar nuestros patrones de ingesta alimentaria. Por ese motivo si queremos perder peso debemos hacer caso a nuestras emociones. Un bienestar emocional se traduce en un bienestar físico.

La comida siempre ha sido culturalmente un signo de recompensa.

Crecemos con esos patrones de comportamientos alimentarios, donde la comida es la recompensa, y comer según qué alimentos en un momento negativo nos puede hacer sentir bien.

Es importante reconocer que nuestras emociones son las causantes de nuestros patrones de conducta alimentarias. Gracias a ellos podemos llegar a “desaprender” dichas conductas, con tal de no asociar bienestar emocional con comida. Si has tenido un día horrible o estás pasando por un mal momento, la comida no es la solución, ya que ella se encuentra en la argumentación de tus emociones, es decir, desahogarte con alguien cercano o tener ayuda profesional si se requiere.

Alimentos ricos en grasas saturadas y azúcares permiten que en ciertas zonas cerebrales haya una actividad química.

Nos produce el consuelo momentáneo que esperamos. Las personas contentas prefieren las comidas más saladas (pizzas, galletas saladas, etc…), y las personas que sientes tristeza prefieren los helados y el chocolate. Por ello se sabe que el cerebro necesita de azucares como recompensa cuando estamos tristes.

Todos somos, hasta cierto punto, comedores emocionales. Todos por ejemplo hemos encontrado un recoveco en el estómago para el postre después de una abundante comida. Pero en algunas ocasiones, comer emocionalmente puede generar serios problemas de salud, provocando aumentos de peso, ciclos de atracones, y dietas, el hecho de que las emociones que desencadena ese apetito, siguen ahí una vez después del atracón, e incluso puedes llegar a sentirte peor por el hecho de haber ingerido un determinado alimento o una determinada cantidad de él. Por eso es importante reconocer el hambre física de la puramente emocional.

Aunque lleguemos a entender que nos pasa, muchos de nosotros seguiremos necesitando ayuda para romper el ciclo de comer emocionalmente. No es nada fácil, sobretodo cuando el hecho de comer emocionalmente ha provocado problemas de sobrepeso y autoestima.

También puedes recurrir a la ayuda de un preparador físico con tal de hacer un deporte acorde a tus necesidades y que te ayude en el proceso.

 

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