Una mujer admirable no oculta sus errores: los asume como propios y aprende de ellos.

Es normal cometer errores, todo el mundo los comete. Aun así, tendemos a intentar taparlos, ocultarlos y negarlos. Si somos capaces de aceptar nuestros propios errores, seremos más libres, maduras y admirables. Una mujer admirable no oculta sus errores: los asume como propios y aprende de ellos.

Los errores no son motivo de orgullo, pero tampoco de vergüenza.  

Hay errores que son más grandes, más amargos, más tristes, más dolorosos que otros, pero negarles no debe ser la opción. La salida fácil no siempre es la adecuada y debemos asumir las consecuencias de nuestros actos, pues nadie está exento de dar pasos en falso, todas las personas en algún momento de sus vidas han cometido un error.  No es que debamos andar por el mundo promulgando las veces en que nos hemos equivocado; pero cuando escondemos lo que hicimos mal nos negamos toda oportunidad de cambio: ¿para qué mejorar si actuamos como si aquel episodio jamás hubiese existido? ¿Para qué enmendar algo que según nuestras miopes cuentas no se ha dañado? Si reconocemos nuestras faltas, nos habremos quitado un inmenso peso de nuestras espaldas: el peso del silencio y del orgullo.

¡Aceptar tus errores no te hace menos!

Al contrario, una vez eres capaz de aceptar tus errores, parecen más pequeños y remediables. Quien no ha errado en su vida no ha arriesgado mucho, esconde su pasado o tal vez quiere apelar a una condición de perfección que nunca alcanzará… Más que cualquiera de las opciones anteriores, somos seres valiosos con sed de vida, que caen si es necesario, pero vuelven a mirar al mundo a los ojos sin miedos, sólo con una conciencia limpia y transparente.

Cuando escondes tus errores, vives presa de tus mentiras y omisiones, hecho que sólo te ocasiona daño a ti. Cuando aprendes a conocerte en los aciertos y en los desaciertos, comienzas a hallar el camino de la sabiduría, porque más allá de un tropiezo, hay una roca que nos enseña el camino franco que debemos recorrer. Comienza por perdonarte a ti misma, comienza por saber que no tienes por qué ser perfecta, pero sí es tu deber ser una mujer justa y razonable.

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