Aprendamos a poner límites.

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Como es de esperarse, eso afecta sus relaciones, pues la persona que siente que otros transgreden sus límites poco a poco se llena de ira, rencor y frustración. ¿De qué otra forma podría ser?  Aclaramos que esto no es un motivo para que se sientan mal consigo mismas, sino para que celebren. Sí, porque si el problema está en ellas, pueden resolverlo.

Los límites son tus amigos.

La frase “sentar límites” nos suena… limitante, ¿no es cierto? Pero no te dejes engañar; en realidad, es liberadora. Piénsalo: es la única manera de protegernos física, mental y emocionalmente de ser usados o manipulados por los demás (aun cuando esas personas no piensan que lo están haciendo). Cuando los estableces de una forma clara, eres libre para expresar tu auténtico yo  lo que deseas y necesitas, y lo que no estás dispuesta a hacer  para tener relaciones más sanas y justas con los demás. El problema es que, quizás por una cuestión cultural, debido a la crianza o a lo que entendemos como “el rol de la mujer”, a muchas aún nos cuesta trabajo trazar esa raya y decir “Hasta aquí”. ¡Especialmente cuando se trata de nuestros seres queridos! Pero si entiendes la importancia de hacerlo, ya has dado el primer paso. Bueno acá algunas recomendaciones:

Reconoce tus derechos.

Vamos a comenzar por lo básico: tú tienes el derecho y la responsabilidad de decidir cómo deseas ser tratada por todos en tu vida. Si leer esta frase te hace sentir incómoda, no lo dudes: es porque sufres de baja autoestima. En ese caso tu primera labor consiste en reconocer tu valor como ser humano y tu derecho a ser tratada con respeto. Cuando aprendas ese principio, podrás lograr tu objetivo con los demás.

Estudia tu comportamiento.

 ¿Qué actitudes les dejan saber a otros, de una manera indirecta, que pueden pasarse de la raya impunemente? Quizás no expresas lo que sientes por temor a desentonar, has aprendido a callar cuando te enojas, para no resultar “desagradable”, o te sientes culpable si dices “no” a una petición que sientes injusta o que no deseas conceder. Conoce la regla de oro: Tú les enseñas a los demás la manera como pueden tratarte, por lo que aceptas de ellos.


Entiende que las necesidades y los deseos de otros no son mas importantes que los tuyos.

Esto no es carta blanca para el egoísmo, pero si pones las necesidades y los deseos de todos antes que los tuyos, no podrás tener relaciones sanas con ellos. Sí, es cierto que a veces nos toca ceder y “negociar”, sobre todo para vivir armoniosamente en familia, pero cuando siempre cedes y quedas en un segundo plano, los demás aprenden que ese es tu “hábitat” natural.

Exprésate con firmeza.

Hay quienes cometen el error de creer que la única forma de darse a respetar es alzando la voz o creando una escena desagradable con la otra persona. La realidad es que, como dice el viejo dicho, “lo cortés no quita lo valiente”. La clave está en dejarles saber a los demás, de una manera amable, pero f irme, cómo esperas ser tratada. Por ejemplo: “Por favor, no me alces la voz cuando te dirijas a mí”. “Espero que seas puntual”. “No puedo prestarte dinero hasta que me pagues el que me debes”. Estas frases no ofenden, pero sí dejan en claro tu posición.

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