El amor no es algo que llega para rescatarte, si estas tranquila no necesita ser salvada.

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Tanto es así que son muchas las personas que pasan gran parte de su ciclo vital saltando de piedra en piedra, de corazón en corazón, almacenando decepciones, amarguras y tristes desencantos.

Solo tenemos dos opciones: mirar hacia atrás o mirar hacia delante. 

La tranquilidad no es enuncia alguna al amor o a esa pasión que nos dignifica, esa que nos da alas y también raíces. La persona tranquila no evita ninguna de estas dimensiones, pero las ve desde esa perspectiva donde uno sabe muy bien dónde están los límites, dónde esa templanza que como un faro en la noche alumbra nuestra paz interior.

El mejor estado es estar tranquilos, con una adecuada armonía interior donde no quede espacio para los vacíos, para los apegos desesperados o las idealizaciones imposibles.

Hay quien llega a creer que el amor lo soluciona todo.

Las personas acumulamos en nuestra mente un sinfín de problemas, objetivos, necesidades y anhelos. Sin embargo, antes de lanzarnos al vacío esperando tener suerte en el amor, lo más adecuado es ir poco a poco. Sin embargo, antes de lanzarnos al vacío esperando tener suerte en el amor, lo más adecuado es ir poco a poco. Lo primero será hallar esa calma, esa tranquilidad interior donde reorganizar y para adquirir fuerza y templanza.

Reflexionemos ahora en una serie de dimensiones que nos pueden ayudar a lograrlo. Lo primero que haremos es aprender a discriminar qué relaciones de las que contamos en este presente, no nos son satisfactorias.

Lo segundo es tomar una decisión esencial: dejar de servíctimas. En cierto modo, todos lo somos en algún aspecto: víctimas de esos lazos dañinos antes referenciados, víctimas de nuestras inseguridades, de nuestras obsesiones o limitaciones. Hemos de ser capaces de reprogramar actitudes para alimentar el coraje suficiente como para derribar todas estas alambradas.

Debemos tener un propósito, una determinación clara y definida: ser felices.Hemos de cultivar esa felicidad sencilla en la que uno, por fin, se siente bien por como es, por lo que tiene y por lo que ha logrado. Esa complacencia nutrida por las raíces del amor propio nos aportará sin duda un gran equilibrio.

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