El dilema de reclamar o no puede ser más relevante de lo que parece.

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Muchas veces asalta la duda de si al reclamar estaremos siendo hipersensibles con algo que no vale la pena, o si en verdad se trata de algo importante, depende muchas veces de nuestro estado de ánimo y no de la realidad objetiva.

Cuando es necesario formular una reclamación y no se hace, damos pie para que pasen por encima de nosotros. Y cuando reclamamos por algo que no lo amerita, podemos dar lugar a un conflicto innecesario.

¿Cuáles son los criterios que debemos aplicar para saber si lo adecuado es reclamar, frente a una situación que causa molestias?

Así como hay unos criterios que orientan para reclamar, también hay otros que nos dan pistas sobre esas situaciones en las que el reclamo sobra. La primera de ellas es cuando alguien nos causa un daño, una molestia o una afección involuntariamente. Allí no hay intención de dañar, sino que debido a alguna circunstancia se termina afectando a otro sin quererlo.

En ocasiones en las que hemos hecho un favor a alguien y esperamos que nos lo devuelva, sin que esa persona se haya comprometido a esto. Si no hay un acuerdo previo, cada quien está en todo el derecho de devolver el favor o de no hacerlo. De uno depende también volver a hacerle un favor o no.

Siempre es mejor hacer cualquier reclamación cuando la molestia no esté a flor de piel.

Si nos causan un daño, esto origina frustración. Da lugar a un enojo que puede ser muy justo, pero que muchas veces no nos permite ni dimensionar, ni gestionar la situación adecuadamente. Por eso lo mejor es tratar de calmarte antes de reclamar. Pedir o exigir una explicación y, de ser el caso, una disculpa o una reivindicación por el mal causado. Todo ello se puede hacer sin enojarte.

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