La vergüenza puede ser abrumadora y obstaculizar tus actividades cotidianas.

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La cuestión es que la vergüenza es una de las emociones más personales, internas, no evidentes y ocultas de nuestro registro emocional. La emoción que no se expresa pero que no calla en nuestro interior. Una emoción invisible, sólo patente en momentos en que nos vemos expuestos a los demás y nos ruborizamos. Pero la vergüenza es una emoción que influye en un gran espectro de emociones y sentimientos.

La vergüenza es la emoción de la protección, de los secretos, del “no saber lo que no quiero que sepas”, la que evita enfrentarse a la mirada del otro. Es una emoción que nos bloquea e impide unas correctas relaciones con los demás. Además, la vergüenza hace memoria. Incluso en situaciones que no suponen un riesgo creemos que estamos en peligro y nos hace ser avergonzados, no saliendo de nuestra zona de confort y abriendo una brecha en la relación con el otro.

La vergüenza es un sentimiento negativo que surge de una evaluación negativa de nosotros mismos.

Se produce una ruptura entre lo que soy (o mi representación de lo que soy) y lo que me gustaría ser. El no llegar a nuestro ideal nos cohíbe, nos hace sentir inferiores. Lo que nos hace fuertes nos enorgullece; lo que nos humilla nos debilita. A esto se suma el miedo a la crítica del otro, a sentirnos vulnerables. Necesitamos la vergüenza para protegernos. Otras veces callamos y no confesamos nuestras miserias por miedo a preocupar al otro, a incomodarle o a entristecerle.

Podemos sentir diferentes tipos de vergüenza. La más obvia es la que se produce cuando realizamos o pensamos acciones punibles o mal vistas a ojos propios y de los demás y que nos crea un sentimiento de malestar, incomodidad y autocrítica negativa por no haber actuado o pensado de modo acorde a las normas y/o valores personales y sociales. Está relacionada con la pérdida de la propia dignidad y con el enfrentamiento a nuestro sistema de valores. Aquí asociamos la vergüenza con la moralidad.

Otra causa de vergüenza es la que relacionamos con nuestra propia inseguridad.

El pensar que no vamos a dar la talla o que no estamos a la altura. Nos paraliza sentirnos expuestos y que puedan hacerse visibles nuestras carencias. En este caso se relaciona con el miedo a la mirada y juicio de los demás. Aquí la vergüenza nos bloquea evitando exponernos a situaciones de crecimiento personal. El sentirnos inferiores nos hace parecer vulnerables a los demás.

La conocida como vergüenza ajena.

Aquella que no sentimos por nosotros mismos sino por los demás. En este caso somos nosotros los que actuamos de jueces y nos produce un malestar ya sea por cercanía con la persona que está en evidencia, ya sea porque no toleramos ciertos comportamientos y lo llevamos al terreno personal.

Y por último, y quizá la más compleja, dañina o enfermiza de todas, la vergüenza que sentimos después de haber sufrido un suceso traumático (agresiones, abusos, acosos). De víctimas reales pasamos a ser culpables; nuestra mente empieza a crear discursos de culpa, a hacernos sentir responsables de lo ocurrido. A esto se une la sensación de sentirnos vulnerables, frágiles, manipulables, porque otro se ha impuesto a nuestra voluntad. Y esto nos avergüenza tremendamente. Nos hace meternos en nuestro caparazón, en desconfiar, en aislarnos. Con lo que se junta el daño sufrido con nuestro juicio implacable. Es esta vergüenza patológica la que nos impide superar lo sucedido, la que nos bloquea y no nos permite avanzar, porque no somos capaces de declarar lo ocurrido y hacerle frente.

La vergüenza está relacionada con otras emociones.

Con la culpa tiene una relación muy íntima. El avergonzado se siente culpable de aquello que le avergüenza. Se siente despreciable y se esconde para sufrir menos. El culpable se castiga para expiar su culpa pero antes de confesarla siente una vergüenza profunda por ella, la esconde.

Con el miedo, porque el que se avergüenza teme el juicio del otro. La vergüenza esconde lo que el miedo teme. El sentirse avergonzado es sentirse inferior pero también cobarde porque se escabulle.

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