Sobrevalorar las cosas que nos gustan, crea una dependencia que no nos hace nada bien.

Creemos que nuestros gustos y nuestros rechazos -una vez más, el mundo externo- es lo que nos define. Y vamos sembrando apego a muchas cosas que en realidad terminan por aprisionarnos.

La actitud mental o emocional en la que exageramos las buenas cualidades de una persona o un objeto. Al atribuirle esas cualidades que no tiene, lo vemos como la causa de nuestra felicidad, nos aferramos y no queremos separarnos de aquello que elegimos.

Todos lo hacemos. Nos aferramos a personas y bienes materiales, pero también a ideas, a lugares, a trabajos y a puestos jerárquicos sin cuestionarnos demasiado ni reparar en las construcciones de nuestra mente.

Cuando estamos apegados a algo, empezamos a tejer expectativas poco realistas.

Creemos que si tenemos con nosotros ese objeto, nos aseguraremos el éxito, la felicidad o el reconocimiento. Algo que, en realidad, no sucede porque tarde o temprano, nos desengañamos. Además, bajo la influencia de esa febrilidad, nuestra mente nos impulsa, muchas veces, a tener actitudes hostiles o a ser egoístas. Todo debido al miedo que nos genera el hecho de perder o no alcanzar el objeto que queremos.

Con una mente más estable, podemos discernir entre las cualidades reales de un objeto o una persona y nuestras fantasías. Una mente enfocada puede ayudarnos a reflexionar sobre si ese objeto, esa persona o esa experiencia es verdaderamente capaz de darnos la satisfacción que buscamos.

Poder disfrutar de las relaciones, de las personas y de las cosas materiales.

Podemos tener nuestra vida social y sentimental, y comprarnos lo que nos gusta, pero sin la ansiedad de sentir que algo nos falta; sin proyectar cualidades inexistentes porque lo importante está dentro de nosotros. Desde ese equilibrio, seremos capaces de dejar ir si es necesario, de soltar sin angustiarnos.

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