¿Te escondes en las mentiras? No te engañes a ti misma

¿Por qué mentimos?

En primer lugar, es probable que durante nuestra infancia, tal vez cargada de represión, malos tratos o castigos, el mejor modo que hemos descubierto para sobreponernos a las injustas condiciones de nuestra vida cotidiana, haya sido el de ocultar a nuestros padres alguna travesura, un deseo, un vínculo de amistad, o simplemente el hecho de procurarnos placer o confort bajo modalidades severamente sancionadas.

¿Por qué las personas mentiríamos, si al fin y al cabo la vida se nos va a complicar más de lo que podremos maniobrar?

Claramente nuestro diseño humano, nuestro ser esencial, nuestro sí mismo, pujaba por aparecer espontáneamente mientras nuestro entorno nos mortificaba con amenazas y maldiciones terroríficas. Francamente, la mejor opción puede haber sido la de disfrazar de algún modo lo que emprendíamos o lo que anhelábamos para que nuestros padres no se percataran.

Adultos como modelo

En algunos otros casos, los niños hemos sido testigos de las mentiras de nuestra madre, cuando peleaba contra papá o cuando se mostraba en el vecindario con modales que luego no correspondían con lo que decía o ejercía en el ambiente íntimo del hogar.

Hemos observado cómo lograba ser querida o admirada en la medida que ocultaba su propia realidad mientras mostraba aquello que la colocaba en el altar de las mujeres deslumbrantes. Sí, podíamos dar fe de las astucias de mamá y de cada una de sus artimañas para ser finalmente aplaudida y elogiada.

Un recurso eficaz para sobrevivir

En cualquier caso, la mentira como mecanismo para salvarnos de castigos, penitencias o venganza ha sido un recurso eficaz que, a medida que fuimos creciendo, tuvimos que desarrollar. Sobre todo porque aprendimos tempranamente que nuestras necesidades legítimas y nuestros sinceros sentimientos no iban a tener ninguna oportunidad de ser atendidos.

Despojarse de las carencias

Por otra parte,un modo eficaz para escaparse de esos mecanismos automáticos que conllevan la mentira es comprender que ya no importa ser complacidos.Ahora se supone que desarrollaremos nuestra capacidad para dar, ofrecer, entregar, estar disponibles, acompañar, acompasar, comprender y rendirnos a las necesidades de los demás, esta vez, despojados de toda carencia propia.

De hecho, si no pretendemos obtener nada del otro, ¿para qué mentiríamos? Caería en desuso ese sistema obsoleto que ha hecho tanto daño y nos complaceríamos unos y otros tratando de ayudarnos mutuamente en un circuito de solidaridad, camaradería y amor.

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