Una mente calmada logrará correr las miradas y conseguir mejores resultados.

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Todos tenemos la inestimable capacidad de pensar, el pensamiento nos sirve para razonar, para decidir, para crecer. En algunos casos, es nuestra herramienta de trabajo, nuestra chispa, nuestra forma de presentarnos ante el mundo y de abrirnos paso en él.  No tenemos control sobre nuestros pensamientos. La mayoría surge de manera involuntaria y no podemos pararlos. Se encadenan, se multiplican y nos llenan la mente de deseos, de juicios, de miedos, de ansiedad.

Estamos ante una poderosa herramienta de doble filo.

Por un lado, nos sirve para entender y actuar en el mundo. Por el otro, hay pensamientos que generan todo tipo de emociones y sensaciones negativas. Esto hace que terminemos convirtiéndonos en nuestras propias víctimas.

Para muchos, lo que pasa en nuestra mente es todo. En cierta manera esto es cierto porque, si está muy enmararañada, nuestra percepción de la realidad será una. En cambio, si está limpia y calmada nuestra visión será otra.

El problema es que nos identificamos con nuestra manera de pensar.

No pensamos igual que hace cinco años ni que hace diez. Los pensamientos han ido variando. Y reconocemos el cambio porque, además de la capacidad de pensar, tenemos la capacidad de observar lo que pensamos.

Ese observador no es el pensamiento. Está detrás del pensamiento.

Algunos lo definen como la conciencia. La conciencia es como un envase que contiene a los pensamientos, pero que los excede. No permite que nos quedemos atrapados creyendo que nuestros pensamientos son la realidad.

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